Nimrod — Nimrod (נִמְרוֹד)
Referencias bíblicas: Génesis 10:8-12 · Génesis 11:1-9 · 1 Crónicas 1:10 · Miqueas 5:6
Época: los orígenes (Génesis 1-11) — la llanura de Sinar, en la Mesopotamia posterior al diluvio Temporada: 1 | Episodio: GEN6 Título del episodio: «El cazador que quiso hacerse un nombre»
El instante clave
En la llanura de Sinar, «tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras» (Gn 11:1). Los que habían salido de oriente hallaron la llanura, se establecieron allí (11:2) y decidieron no moverse nunca más. «Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra» (Gn 11:4). Es la primera frase en primera persona del plural de la Biblia: no un hombre contra Dios, sino la humanidad entera decidiendo ser su propio centro. Un proyecto tan colosal que sus arquitectos ni siquiera caben en la escena: hay una ciudad, una torre, un nombre — y detrás, el cazador que puso la primera piedra y desapareció entre las suyas.
Y el versículo siguiente desarma la empresa con una ironía perfecta: «Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres» (11:5). La torre cuya cúspide debía tocar el cielo era tan baja que Dios tuvo que bajar para verla. El cielo no se alcanza con ladrillos; y un nombre no se hace — se recibe.
La historia
Nimrod ocupa cuatro versículos de la tabla de las naciones, y aun así es el único nombre del capítulo que no es un pueblo: es una persona. «Y Cus engendró a Nimrod, quien llegó a ser el primer poderoso en la tierra» (Gn 10:8). «Este fue vigoroso cazador delante de Jehová; por lo cual se dice: Así como Nimrod, vigoroso cazador delante de Jehová» (10:9). «Y fue el comienzo de su reino Babel, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Sinar» (10:10). «De esta tierra salió para Asiria, y edificó Nínive, Rehobot, Cala, y Resén entre Nínive y Cala, la cual es ciudad grande» (10:11-12). El cazador se hizo rey, y el rey se hizo fundador: Babel, Erec, Acad, Nínive — las ciudades donde el hombre aprendería a vivir amontonado, sin depender de nada que no pudiera levantar con sus manos.
El capítulo 11 recoge la obra que su nombre anunciaba: ladrillo cocido al fuego y asfalto en lugar de mezcla (11:3), «una ciudad y una torre» (11:4). Pero Jehová respondió: «confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero» (11:7). «Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad» (11:8). «Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra» (11:9). El imperio más grande que había visto el mundo se deshizo sin una guerra: se deshizo en el aire, en la primera conversación que ya no se entendió.
Contexto histórico
Nimrod es el único individuo de toda la tabla de naciones: todo lo demás son epónimos, pueblos disfrazados de nombres propios. Génesis 10:8-12 parece condensar unos 2500 años de historia mesopotámica en una sola biografía: Lugal Zaggisi, rey de Erec — la Uruk de las excavaciones, metrópolis con grandes templos y biblioteca desde el 3600 a.C. — y primer hombre del que se sabe que rigió un gran imperio en el Tigris-Éufrates; Sargón de Acad (Sharrukin, «rey justiciero»), que hacia el 2264 a.C. lo derrotó y fundó el imperio acadio; Hammurabi, que en el 1700 a.C. hizo de Babel la metrópolis del mundo durante dos mil años; y los asirios — Salmanasar I y Tukulti-Ninurta I, cuyos reyes se hacían retratar cazando piezas mayores, el origen probable del «vigoroso cazador». El nombre mismo tiene una historia que parece la suya: la divinidad guerrera «Ninurta» se transformó en «Ninus» y luego en «Nemrod» — un cazador que fue dios, dios que fue rey, rey que fue leyenda.
Sinar es Sumeria; Erec es Uruk; Acad es Akkad; Babel es Babilonia (Calne es probablemente un error de lectura del hebreo: «todas ellas»). Las torres de aquellas ciudades eran zigurats — pirámides escalonadas con rampas exteriores — y uno de los más famosos quedó sin terminar durante siglos, quizá por los desórdenes de la marcha de Sargón: la torre inacabada del relato tiene arquitectura real. La etimología guarda la ironía central: los autores del Génesis derivaron «Babel» del hebreo balal, «confundir», pero en la lengua de la propia ciudad el nombre era Bab-ilu: «puerta de Dios». La tradición posterior, sin apoyo en el texto, haría de Nemrod el rey de Babilonia en los días de la torre.
El conflicto psicológico
Nimrod inaugura el primer imperio de la historia humana. Antes hubo constructores — Caín fundó una ciudad —, pero nadie que hubiera hecho del poder un proyecto de autosuficiencia frente a Dios. El cazador que sometió a las fieras se volvió el hombre que somete hombres: del arco al ladrillo, de matar animales a fundar ciudades. Aun su título guarda la ambigüedad: «vigoroso cazador delante de Jehová» — ¿delante de Dios, como Enoc que caminaba con él, o frente a Dios, como un desafío? La Biblia deja la frase en el filo, y el filo es el retrato: el hombre cuya grandeza no se sabe si es ofrenda o amenaza.
Y su pecado no fue querer subir a Dios: fue no querer esparcirse. «Hagámonos un nombre»: la humanidad queriendo ser su propio centro, negándose a recibir de Dios lo único que no se fabrica — un nombre. Adán lo recibió; Abram lo recibió cambiado, y Jacob también; el nombre es un regalo, nunca una obra. La torre no era un ascensor hacia el cielo: era una declaración de que el cielo no hacía falta. Hay una lógica de imperio en ese gesto que la historia repetirá hasta el cansancio: primero se construye para protegerse, después para demostrar, y al final se construye para que el nombre propio quede grabado en el ladrillo — porque el que teme ser olvidado construye más alto. Babel confiesa la verdad sin saberlo: la palabra que los hebreos oyeron como «confusión» era, en la lengua de la propia ciudad, «puerta de Dios». La burla no pudo tapar la verdad — donde la humanidad levantó su monumento a la autosuficiencia, Dios tenía una puerta. Y siglos después, en esa misma Babilonia, llamaría a un hombre para que saliera de la tierra del nombre propio y recibiera el suyo: Abram, Abraham. El primer imperio construyó una puerta sin saberlo; la fe la atravesó.
La pregunta de cierre
¿Qué torre estás construyendo para hacerte un nombre — y qué esparcimiento estás rechazando porque te obligaría a confiar en que Dios te nombre a ti?