Devocional · 31 de octubre de 2026
Bienaventurados los que lloran: el consuelo que no reemplaza al llanto
Mateo 5:4
RV1960
El contexto
El sermón del monte empieza con una serie de bienaventuranzas dirigidas a gente que no estaba en la cima de nada: pobres en espíritu, los que lloran, los mansos. Mateo las presenta como apertura del discurso, antes de cualquier mandato, y el capítulo sigue con sal e luz, con el cumplimiento de la ley y con el amor al enemigo.
Es una de las frases más cortas del sermón del monte y una de las más mal citadas. «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación». Fíjate en lo que no dice: no dice *bienaventurados los que superan rápido*, ni *los que no se dejan afectar*, ni *los que ya están bien*. El texto llama bienaventurado al que llora, en presente, sin pedirle que pare. Y la promesa está en futuro: *recibirán*. El consuelo no llega en lugar del llanto, llega después. Eso desarma la prisa con la que a veces se consuela a alguien —o con la que nos consolamos—: como si el objetivo fuera cerrar el sentimiento cuanto antes. Aquí el llanto no es un problema que el consuelo tiene que resolver; es el lugar donde el consuelo encuentra a la persona.
Aplicación práctica
Piensa en alguien que está llorando por dentro y a quien le has dicho, con buena intención, algo que lo haga sentirse mejor rápido. Esta semana escríbele o llámale sin arreglar nada: nombra lo que le pasó y calla. Si eres tú el que está en ese lugar, dite la misma frase del texto sin añadirle fecha de caducidad.
Para meditar
¿A quién estás consolando demasiado deprisa?
Oración
Señor, no me quites el llanto antes de tiempo. Acompáñame en él, y enséñame a acompañar así a los míos.
Dirección editorial de RAÍCES · Revisión: Javier Tufiño