Devocional · 29 de octubre de 2026
Habitar juntos en armonía: lo que se prueba en lo cotidiano
Salmo 133:1
RV1960
El contexto
El salmo 133 es uno de los cantos de ascenso: se recitaba al subir a Jerusalén, y por eso habla de hermanos, de casa y de peregrinación. Menciona dos imágenes de abundancia —el aceite de la unción y el rocío— y termina prometiendo bendición y vida. Es de los más cortos del salterio.
El salmo es brevísimo y empieza con una exclamación: «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es Habitar los hermanos juntos en armonía!». La palabra que elige no es *visitar*, es *habitar*: la armonía que alaba no se prueba en la comida de Navidad sino en la convivencia de todos los días, con la ropa tirada, el ruido y la prisa. Y el salmo no define la armonía como ausencia de conflicto. Lo que sigue compara esa convivencia con el aceite que desciende sobre la cabeza y con el rocío del Hermón: cosas que bajan, que se extienden, que no se fabrican apretando. Ahí está el punto: no es un logro que se produce con esfuerzo, es algo que se derrama. Y lo que se derrama, se derrama desde arriba.
Aplicación práctica
Piensa en la casa que habitas. Elige una sola cosa que hoy convierte la convivencia en roce —un horario, un ruido, una tarea que siempre cae en la misma persona— y corrígela esta semana sin discurso y sin repartir culpas. La armonía del salmo no se defiende: se derrama, y casi siempre empieza por alguien que cede espacio en algo pequeño.
Para meditar
¿Qué cosa pequeña de tu casa está robando la armonía que ya tienes?
Oración
Señor, enséñame a habitar y no solo a convivir. Que en mi casa haya algo que se derrame y no solo algo que se aguante.
Dirección editorial de RAÍCES · Revisión: Javier Tufiño