RAÍCES · Serie Psicología Bíblica · Duelo y pérdida

La sunamita: la fortaleza que parecía negación

La mujer más paciente del Antiguo Testamento no es la que esperó veinticinco años por un hijo. Es la que perdió al hijo que tanto esperó — y todavía tuvo la entereza de decir: "Yo habito en medio de mi pueblo".

Siete palabras. El profeta Eliseo le acaba de anunciar que su hijo está muerto. Ella responde con una frase que los comentaristas han debatido durante siglos. ¿Fe genuina? ¿Negación sofisticada? ¿Fortaleza que no necesita explicar?

El dolor que no se nombra

La sunamita no llora delante del profeta. No pregunta "¿por qué?". No exige explicaciones. Simplemente dice que va a buscar al hombre de Dios. ¿Es fortaleza? ¿Es evasión?

Los psicólogos que estudian el duelo saben que hay dos formas de enfrentar la pérdida: la expresiva (llorar, gritar, nombrar el dolor) y la instrumental (actuar, buscar soluciones, seguir adelante). Ambas son válidas. Ambas pueden ser saludables o pueden ser trampas.

La sunamita parece ser del segundo tipo. Pero la Biblia no la juzga: simplemente narra lo que hizo.

La fe que no exige respuestas

Lo más sorprendente no es su calma. Es que Eliseo le envió a su criado con su bastón para resucitar al niño. Ella se negó a irse con el criado. "No te dejaré", le dijo al profeta.

No exigió milagros. No exigió explicaciones. Solo se aferró al profeta como quien se aferra a la única persona que le había dado esperanza.

Cuando el niño resucitó, se postró a sus pies. No gritó de alegría. No lloró. Simplemente adoró.

La pregunta que nos deja

A veces la fe no se manifiesta en lágrimas ni en gritos. A veces se manifiesta en una decisión silenciosa de seguir adelante cuando todo se ha derrumbado.

La sunamita no es un modelo de negación. Es un modelo de que el duelo no tiene una sola forma correcta.

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