RAÍCES · Serie Psicología Bíblica · Vergüenza y exposición

Mateo: el hombre que todos odiaban y Jesús llamó

En el siglo I, había una categoría de personas que los judíos consideraban peor que los paganos: los publicanos. Recaudadores de impuestos para Roma. Judíos que cobraban a su propio pueblo en nombre del imperio ocupante — y que se quedaban con un porcentaje por el camino.

Un publicano era un traidor. Un colaboracionista. Alguien a quien nadie invitaba, nadie defendía y nadie lloraba. En las sinagogas se les llamaba ladrones; en las calles se les escupía. La ley rabínica los colocaba entre los "amigos de los ladrones" — su testimonio ni siquiera valía en un tribunal.

Mateo era uno de ellos.

La caseta junto al camino

El relato de su llamamiento es de una brevedad desconcertante. Mateo estaba sentado en su caseta de impuestos, en el camino que llevaba al mar de Galilea. Un puesto rentable: Capernaúm era un cruce de rutas comerciales, y el peaje dejaba dinero fácil. Mateo había elegido la comodidad sobre el honor, y probablemente ya lo sabía.

Entonces Jesús pasó, lo miró y dijo una sola palabra: "Sígueme" (Mateo 9:9).

Eso es todo. Sin sermón. Sin condiciones. Sin pedirle primero que devolviera lo robado, que pidiera perdón, que arreglara su vida. Una invitación. Y Mateo — el hombre que había construido su vida sobre cálculos fríos — se levantó, dejó la caseta y lo siguió.

Observa lo que dejó: no un trabajo, una identidad. La caseta era su red de seguridad económica, su estatus (por corrupto que fuera), su forma de vida entera. La dejó sin negociar. Hay momentos en que la libertad no se construye gradualmente: se toma de una vez, dejando la caseta donde está.

La cena que escandalizó a todos

Lo siguiente que hizo Mateo fue dar una cena. Y la lista de invitados era su vieja vida: "muchos publicanos y pecadores" (Mateo 9:10). Los fariseos vieron la escena y preguntaron a los discípulos, escandalizados: "¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?"

La respuesta de Jesús es una de las frases más radicales de toda la Escritura: "Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos... no he venido a llamar a justos, sino a pecadores" (Mateo 9:12-13).

No dijo que el pecado no importara. Dijo que el pecado era exactamente el motivo de su presencia. La lógica del Reino invierte la lógica social: los que todos consideran "desechables" son los que él vino a buscar. Y Mateo, en esa cena, se convierte en el primer testigo de esa inversión — sentado a la mesa, celebrando que el excluido es visto.

El que escribió la historia

El detalle final es casi poético: este hombre, el traidor que no merecía ni testimonio en un tribunal, es uno de los cuatro que escribieron el Evangelio. El recaudador, cuyo nombre era sinónimo de deshonra, se convirtió en el cronista de la vida de Jesús. La misma mano que firmaba recibos de impuestos injustos escribió: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados" (Mateo 11:28).

La gracia no borró su pasado — lo reescribió. Mateo no dejó de ser publicano; dejó de ser solo publicano. Todo lo que era — la precisión, el ojo para los detalles, la obsesión con los números — quedó redirigido a la única cosa que valía la pena registrar.

La pregunta que queda abierta

¿Qué caseta has construido que sabes que no te pertenece — y qué dirías si alguien te mirara y te dijera «sígueme» sin pedirte primero que la arregles?

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