RAÍCES · Serie Psicología Bíblica · Vergüenza y exposición

La hemorroísa: doce años invisible

En los evangelios es un paréntesis: una mujer enferma toca el manto de Jesús entre la multitud y queda sana. La historia de Jairo — la niña que muere — la interrumpe, y la tradición la ha tratado casi como un inciso.

Pero lee con cuidado lo que ese paréntesis esconde: doce años.

Doce años de invisibilidad

Según la ley de su tiempo, una mujer con flujo de sangre era impura. No podía tocar a nadie, no podía entrar al templo, no podía compartir la mesa. Cualquiera que la tocara quedaba contaminado.

Traduce eso a vida cotidiana: doce años sin abrazar a sus hijos. Doce años sin sentarse a la mesa con su familia. Doce años en los que la gente se apartaba de ella — no por crueldad, sino por ley. Doce años aprendiendo a tocar a nadie.

La hemorroísa no solo estaba enferma: estaba condenada a la invisibilidad. Y la invisibilidad prolongada hace algo peor que doler: hace que la persona empiece a creer que es invisible.

El toque que rompió la regla

Y entonces hace algo extraordinario. En lugar de pedir, toca. En lugar de hablar, se acerca por detrás. Sabe que no puede ser vista — pero decide que ya no puede seguir invisible.

El texto dice que pensó: "Si tan solo tocare su manto, seré salva". Y el detalle psicológico más fino de todo el episodio es la respuesta de Jesús: no la reprende por tocar sin permiso. Se detiene y pregunta "¿Quién me ha tocado?"

Los discípulos se ríen: todos te tocan, es una multitud. Pero Jesús insiste. Y ella — la invisible — tiene que dar un paso adelante, temblando, y decir: fui yo.

Jesús no la sanó al tocar el manto. La sanó al hacerla visible: "Hija, tu fe te ha salvado". La primera palabra que alguien le dirigía en doce años — y era "hija".

La pregunta que queda abierta

¿Cuántos años llevas aprendiendo a no tocar — y qué tendrías que hacer para dar un paso adelante y decir "fui yo"?

Más artículos de Psicología Bíblica · La ficha de la hemorroísa →